Baulera - PROSA PERDIDA


Las letras están perdidas en la baulera junto con algunos discos... 



Había sido durante algunos años un ángel guardián pero luego fue transformándose en juez y más tarde en un despiadado verdugo. ¿Qué más da? Ahora no hay vuelta atrás, no hay reclamos que valgan. Hay una puerta cerrada y la llave fue arrojada al abismo. Hay un terrible antes y un terrible después. Un antes con sus ojos, con sus mañanas, con sus delirios, con sus sueños de alas largas. Un después con caminos que nunca nos conducirán de nuevo a nosotros, con otros ojos y otras mañanas,y con nuevos vuelos y nuevas alas, siempre más lindas, siempre diferentes y lindas, lindas. No sabemos nada de nosotros, ni de aquellos ni de estos. Los que fuimos y los que somos son cuatro seres que no se reconocen. Que se miran de repente, que se llaman por los nombres, se dicen los colores, tal vez adivinen alguna sonrisa o alguna frase cliché, pero desconocidos, desteñidos, desfigurados. Hermosos, felices, mejores, mayores.




I

Hace casi un año que no te veo. Tengo una carta guardada dentro el libro que me regalaste antes de irte. Bueno, no me lo regalaste, me lo prestaste con la idea de que entienda un poco más sobre las batallas que peleó quién sabe qué prócer que ya no recuerdo, con la intención de dejarme una seña, una excusa para volver a vernos. Pero ha pasado un año. Sí, ya ha pasado un año. O quizás más. El libro tiene aún escondido entre sus páginas la caricia de tus lecturas y de tu lápiz señalador de ideas, con esos arabescos raros que forman parte de tu sistema de notas, que solo vos comprendés, que necesitan otra lectura que excede el contenido del libro mismo, que nunca podré leer.  Pero hace un año que no te ve tampoco él y que esas anotaciones están muertas. Ahora son míos: el libro y las anotaciones, son míos desde que te fuiste. Y hay una carta entre las últimas páginas, que también ha muerto.

Estos días transcurren casi tan lentos como aquellos en que nos pasábamos la tarde entera mirando el techo y escuchando la radio, después de habernos incendiado frotándonos los cuerpos como si quisiéramos atrapar el instante que siempre se escurre entre nosotros, entre nuestra piel. Con esa misma desesperación adolescente nos fuimos devorando cada tarde, siempre jugando a ser alquimistas del reloj. Un reloj que desconocíamos en realidad porque solamente conocíamos el día y la noche. Porque no había más tiempo que el sol. Porque no nos interesaba que haya horarios de institutos, ni que haya que ir a comer, ni que tu madre te llenara de llamadas perdidas, ni que nuestros amigos se preocupen por nuestra ausencia. La vida se nos iba de las manos. O eso creíamos, y quizás haya sido cierto. Ahora que miro los recuerdos como un viejo que, olvidado, mira la ventana en su asilo.
Pero no hace un año de esos tiempos de dorados.  Hace mucho más, hace un siglo, o dos. O a mí me parece que todo el tiempo que logramos detener entre nuestros cuerpos se me cayó encima de golpe, como si hubiera sido real. Quizás así era, quizás el tiempo sí se detenía pero, lo que no sabíamos era que en algún momento iba a volver con todos sus minutos a darnos la hora.
Ya no sucede. Otros cuerpos han intentado detener el tiempo conmigo pero no lo consiguen. Se han esforzado, no lo voy a negar. Pero no sucede. ¿Lo habrás conseguido vos?  ¿Te habrá alcanzado también? No tengo duda de la coincidencia y de la afirmación de las dos respuestas.
A veces creo que deberíamos volver, como si eso fuera realmente posible. Como si no fuera una figura retórica más para creernos que podemos maniobrar las manijas del reloj a nuestro antojo y decir: vuelvo. Volver: Del lat. volvĕre 'hacer rodar, voltear', 'enrollar', 'desenrollar'. Como si fuera posible desenrollar tanto camino andado,  hacer rodar cada momento hacia atrás, desenrollar cada minuto del capullo de la hora, de la cápsula del día, de la guarida de los días, de la fortaleza de los meses. No, porque el tiempo es hacia abajo. Y el peso es terrible. Somos como Atlas cargando el peso de nuestro tiempo - porque aquel tiempo era nuestro y solo nuestro-  en nuestra espalda y mientras tanto vamos bajando. Quisiera encontrarte allá abajo. No, quisiera que me ayudes ahora con este peso ¿Sólo yo debo cargar con esto? Tal vez solo yo sea Atlas.
Ahora, después de un año, leo, por fin, el libro. Se trata también de una batalla perdida.







II


No quisiera recordar esa noche pero cada vez que cierro los ojos la veo. Esta sentada frente a mi con su mirada perdida y en sus labios una canción que suelta como un silbido. Tiene las manos rojas de tanto frotarlas y se ha puesto el vestido que le regalé hace treinta años, estirado por el uso y desteñido por los años. Como nosotros.
No es fácil volver la mirada a las fotos, donde ella sonreía con todos los dientes, sin miedos, sosteniendo al amarillento bebé en sus tibios brazos de primeriza. Y detrás suyo, mis ojos que la escoltan y saben la respuesta a la pregunta de si realmente en algún momento me amó. No es fácil tomarla de la mano y tratar de traer esa sonrisa de regreso a su boca. Y algo de culpa se me cuela entre las grietas de los huesos y me los hace crujir nuevamente. Tal vez fueron los años de silencio, el imperturbable silencio después de la desgracia, que punza como agujas, que entrecomilla lo no dicho y lo expone.
La culpa. Esa bestia malvada que muerde mis noches y mis manos y clava sus garras destrozando todo a su paso, saboreando desde el comienzo del día la víctima que a la noche, bajo el peso del deambular por el mundo, terminará cayendo en su trampa de quietud. Acechando siempre detrás de un aroma, de un sonido, de un color, una sonrisa pequeña, unos ojitos nuevos.
Treinta años es la mitad de mi vida. Y esta Culpa ya podría emanciparse. Irse, dejar la casa, abandonarme. Tendría que conseguirse otro trabajo pero le divierte atormentarme. Una señora Culpa, que consume todo a su paso, que ocupa el espacio de una persona.  De una persona de treinta años.
Y al regresar, la vemos ahí, sentada, con el vestido que le compramos para ocultarnos. ¿Qué tamaño debería tener ahora un vestido que la oculte?  Pero ella nos mira. Me mira como queriendo recordar aquel día y sólo le sale sonreír tontamente, con la mitad de su boca, y silbar. De repente se calla. Y nos mira con la misma inocencia que un niño descubre un rayo de sol entrando por la ventana: ¿Y Juan? pregunta y la culpa crece un año más.


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En medio de la vorágine de pensamientos, cayó como un rayo la verdad: se estaba alejando de lo que realmente quería. En la búsqueda implacable de "lo que quería" lo que sucedía era lo contrario. Se abstrajo de tal modo, se sometió día y noche a sus incógnitas, se sacrificó a sus aventuras mentales, a sus suposiciones, a su revolver continuamente el pasado cercano buscando pistas de algo que no sabía bien definir... se perdía cada vez más del centro, hasta que el cansancio ganó. Fue ahí, en medio de ese no saber para dónde ir que descubrió la verdad, que el rayo partió el cielo y la tierra, abriendo el paso entre tanto ruido y mostrándole por dónde seguir. ¡Qué difícil había sido volver atrás sin retroceder!





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Era la guerra. Una guerra de silencios, de mentiras, de bombas de miradas que sólo buscaban lastimar, herir, abrir en dos la piel, el alma.
Las palabras irritaban la boca, la lengua se llenaba de llagas blancas y dolorosas, al entrar en los oídos envenenaban hasta la respiración.
No fue difícil al principio: las armaduras eran nuevas y resistentes. Ignorar los reclamos, no bajar la guardia, resistir con los argumentos, con los dientes apretados, con la distancia. 
Todo fue en vano. Lágrimas y sangre se derramaron por igual y con cada gota se diluían las ilusiones, los proyectos, se manchaban los recuerdos. Todo se convirtió en desierto y fantasmas. 
La verdad quemaba y desintegraba todo a su paso, empezando por la confianza natural. 
Restaba sobrevivir con los despojos. Con el reciclado de lo que quedó por el camino, prenderse de algún trozo de recuerdo y aferrarse a él como si fuera la salvación del mundo: la única vez que en la negrura infinita, profunda y abismal de esa mirada vio un destello de luz, amor quizá.





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Aquellos años habían dejado más marcas de las que creía. Habían moldeado ideas de cómo tenían que ser las cosas, de cómo había que decir ciertas palabras, de qué cosas era mejor callar. Pero no sólo eso, habían rellenado las fisuras de la inseguridad con adoración, con veneración absoluta. El tratamiento que endiosaba, el mandato siniestro, disfrazados de amor. Era una farsa preciosa pero como tal, absolutamente irreal. Nada en el mundo puede durar tanto, y nada que dure tanto puede ser superado tan pronto sin remover totalmente, si es que se puede, esos primeros pasos equivocados y profundos, en barro tierno, aferrados a huesos, como las raíces de una maleza cuya flor aparentemente hermosa, esconde un veneno sin antídoto. 
Ahora se daba cuenta de que el problema estaba dentro suyo. De que los caprichos, las fantasías, los reproches salían de esas malas costumbres, de esa necesidad narcisista de admiración, de esa maleza arraigada en lo profundo. Había que volver a empezar, ingresar en esa zona oscura y terrible del corazón, romper los huesos y extirpar todo el mal, corriendo el riesgo de perder pero también el de ganar.
Todo eso trataba de saltar a la luz. Los sueños, los golpes de recuerdos en medio de una caminata, los enojos contra el pasado, la ira incontrolable... Ya no daban más las estructuras. Si no buscaba la salida, la cura, el tratamiento las cosas iban a empeorar. Había que accionar.


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