Los perros estaban ladrando enloquecidos. Se podía sentir cómo arrasaban con todo lo que había a su paso. Ruidos de bolsas destrozándose, de vidrios rompiéndose, de latas chocando contra el piso de cemento frío y húmedo por el rocío. El suelo temblaba bajo las cientos de patas que corrían encima suyo y la niebla se disipaba con los cuerpos peludos de los animales que salían disparados en cualquier dirección. La jauría se desplazaba sin piedad sobre aquella ciudad maldita. Los ciudadanos escandalizados por el ruido infernal se encerraron en sus casas por miedo a ser atacados y mordidos por los caninos rabiosos. Todos estaban paralizados. Era la segunda noche de furia de las bestias enfermas y nadie sabía cómo detener semejante catástrofe. Al amanecer, los animales se ocultaban en edificios abandonados, llevándose presas para comer. Cazaban gatos, roedores, pájaros. Algunos morían consumidos por la rabia, otros atacados por sus propios compañeros. Las peleas en masa dejaban inme...