LO DEMÁS: relatos breves.



Corrían rumores de que pronto sucedería y nadie podría hacer nada para detenerlo. La gente en la calle se miraba a los ojos y sin una palabra, ni un saludo, ni un sonido, se interrogaban sobre eso. Pero era evidente que ninguno tenía la respuesta. Entonces, presos de la ansiedad, llegaban apurados a sus casas, en absoluto silencio y así quedaban hasta el otro día. 
Como todos temían que suceda, empezaron a dejar de lado los automóviles y los transportes públicos, seducidos por la curiosidad de ver bien cuándo y cómo serían las cosas. Esto provocó que las calles se llenaran de personas caminando silenciosas, mirándose a las caras con los ojos enormemente abiertos y los oídos atentos a cualquier sonido. 

Ladran los perros. Todos giran a verlos conteniendo la respiración e inmóviles. Minutos de tensión congelan el paisaje casi como en una fotografía. Se callan. La vida continúa, todos vuelven la mirada a las miradas de los otros y siguen marchando hacia sus lugares, como en una procesión. 
Oscurece. Las calles se vuelven desiertos grises. Silba el viento. Algunos rostros pálidos se asoman por las ventanas, puertas y cerraduras. Posiblemente suceda.

El silencio calló también los rumores de los que sólo quedaban los ecos tenues y empapó a la ciudad como un diluvio universal. Los ojos mantenían el interrogante en las miradas, los oídos parecía que habían evolucionado, agudizándose casi como los de algún animal silvestre que busca sobrevivir. 
Otro día despuntaba y sólo el canto de las pocas aves que aún quedaban simulaba dar vida al lugar. Las personas comenzaron a salir de sus hogares, como habitualmente lo hacían, maquinalmente, en silencio y buscando con prisa un par de ojos para interrogar, para no sentirse tan solos. En alerta absoluta. Hoy podría suceder. El pensamiento era tan general que no hacía falta decir nada más. 
Los días se fueron amontonando, apilando, todos del mismo modo. En silencio alerta. Con lenguaje de miradas, con una vida casi silvestre. 
Una noche, cuando todos dormían, sucedió. No dio tiempo a nada y  como el silencio había sido el lenguaje durante tantos años, nadie pudo decir nada, nadie sabía decir nada, nadie recordaba cómo hacerlo. Las gargantas quisieron gritar, desesperadas, pero lo único que hacían era emitir un imperceptible gemido. La oscuridad reinaba, los cuerpos se paralizaron  y los ojos no podían encontrarse para avisar a los que no alcanzaron a darse cuenta de nada que, finalmente, había sucedido. 



Reconquista, febrero de 2015.




LA PARED

Aquel departamento no era viejo, sin embargo estaba construido en la propiedad horizontal de una casa que desde el nacimiento del barrio había sido construida, casi en medio de la cuadra. El departamento estaba prácticamente en el corazón de la manzana, lo que le daba el reparo de los ruidos de la calle y una tranquilidad casi abrumadora por momentos.
Cuando la nueva inquilina llegó por primera vez, una sensación de extrañeza se apoderó de ella. Miró las paredes blancas, recién pintadas como todo departamento que tiene recambio de inquilinos, imaginó donde colocaría sus muebles, calculó las distancias, planeó anexar estantes a las paredes, los colores de las cortinas… y cerró el contrato, convencida de que la sensación era simplemente por la novedad del asunto: su primer alquiler sola.
La tarde fue de acomodación y esfuerzos por lo que al caer la noche, el cuerpo cansado pedía un  descanso. Encendió el ventilador, porque el calor se hacía notar, y se recostó en el colchón, ya que aún no tenía la cama. No pasó mucho tiempo hasta que sintió de nuevo la extrañeza. Y como si una fuerza la succionara del sueño con violencia y le oprimiera el pecho, abrió los ojos, tomando a la vez una bocanada de aire que le hizo contener un grito.  Un rostro pálido se le había clavado en las pupilas. Una sombra recorrió la habitación como si algo la estuviera empujando por las paredes, y se esfumó en la luz tenue que las rendijas de la ventana dejaban pasar. Parpadeó y sacudió la cabeza como para convencerse de que estaba despierta y respiró, abriendo completamente los ojos, mirando hacia la ventana que dejaba entrar unos rayos de sol ya maduros. Despertó completamente. La pesadilla debía ser por el cansancio.
El traslado y el orden continuó durante el día y el sobresalto también. Cualquier sombra era merecedora de una mirada prolongada con algún objeto en mano, listo para actuar como proyectil o arma de defensa.  Hasta que se dio cuenta de su estúpida paranoia y una carcajada relajada retumbó en las paredes.
Al llegar la tarde, la mudanza estaba terminada. Decidió darse un baño. La cortina del baño ejerce siempre cierta sugestión. Pero después de correrla violentamente, y reírse de nuevo, se metió en la ducha.
La cosa hubiera pasado desapercibida si al ponerse los anteojos para descansar la vista no habría visto lo que creyó ver. Si bien el baño estaba lleno de vapor y los anteojos se empañaron, la vio en la puerta. De nuevo el gesto de sacudir la cabeza, y mirar con detenimiento. No había nada más que la puerta y su mano, sosteniendo el picaporte.  Un sudor frío le bajó por la espalda y el estado de alerta se trasladó a todos sus sentidos.
Caminó sigilosa, subió las escaleras. En el fondo de la habitación vio una sombra extraña. Trató de convencerse de que era generada por la luz del foco, pero resultaba imposible. Tragó saliva e hizo como si no existiera. De repente, sintió el peso de una mirada sobre su espalda.  Siguió actuando como si nada sucediera, pero alerta, era como si el miedo le generara un doble efecto, se dio vuelta de forma brusca, entrecerrando los ojos y conteniendo un grito, esperando ver el peor monstruo deforme, lleno de sangre y medio podrido que suele aparecer en las películas donde suceden cosas parecidas, pero no había nada. La sombra que no tenía objeto desde donde proyectarse seguía en la pared. Un terrible escalofrío le sacudió el cuerpo.
No quería dormir en la habitación pero se dio cuenta de que era su propio miedo el que le hacía terribles trampas. Así que decidió no hacerle caso y dormir, pero antes se llevó un libro para leer en la cama. Mientras leía, sintió que algo se movía dentro de la habitación, como el libro le tapaba la vista, lo bajó y vio delante de sí, casi pegado a su rostro, una figura pálida que no alcanzó a distinguir, y le arrojó el libro con violencia, dándose cuenta, en el sobresalto, de que estaba dormida con el libro sobre su cara y todo había sido producto de una nueva pesadilla. Le dio un vuelco corazón y sintió una opresión en el pecho, nuevamente, le costaba respirar y estaba transpirada entera. Era de madrugada aún. Se tranquilizó, miró todo a su alrededor con los ojos grandes y atentos,  y apagó la luz para dormir.
Amaneció y tuvo esa sensación de no saber dónde estaba. La sensación de estar cayendo sobre sí misma, y el flashback de recuerdos e imágenes como remolinos dentro de su mente le duraron un minuto, hasta que recordó que estaba en su departamento y que posiblemente había estado teniendo pesadillas otra vez.  Miró la pared que tenía la sombra. Seguía ahí. Se paró y lentamente caminó hacia ella, quería asegurarse de que no fuera alguna mancha de humedad que había quedado sin pintar.  La miró de cerca con detenimiento, con mucho temor la tocó. Sintió la textura rugosa, fría y húmeda  de la pared. Sonrió, aliviada porque su imaginación le había estado jugando una muy mala pasada.  Dio vuelta sobre sus talones para alejarse de la pared, casi como bailando, riéndose de sí misma,  y en un segundo la sombra se la tragó.



Reconquista, febrero de 2015

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