Cuatro noches. (Cuento, ensayo de...)

Los perros estaban ladrando enloquecidos. Se podía sentir cómo arrasaban con todo lo que había a su paso. Ruidos de bolsas destrozándose, de vidrios rompiéndose, de latas chocando contra el piso de cemento frío y húmedo por el rocío. El suelo temblaba bajo las cientos de patas que corrían encima suyo y la niebla se disipaba con los cuerpos peludos de los animales que salían disparados en cualquier dirección. La jauría se desplazaba sin piedad sobre aquella ciudad maldita.
Los ciudadanos escandalizados por el ruido infernal se encerraron en sus casas por miedo a ser atacados y mordidos por los caninos rabiosos. Todos estaban paralizados. Era la segunda noche de furia de las bestias enfermas y nadie sabía cómo detener semejante catástrofe. 
Al amanecer, los animales se ocultaban en edificios abandonados, llevándose presas para comer. Cazaban gatos, roedores, pájaros. Algunos morían consumidos por la rabia, otros atacados por sus propios compañeros. Las peleas en masa dejaban inmensos charcos de sangre y  no muy lejos, el cuerpo sin vida de su fuente. 
Las autoridades no podían salir de su estupefacción cuando vieron que los propios perros arrastraban los cuerpos muertos hasta una especie de fosa común, donde los iban colocando, pero esa misma estupefacción los dejó sin acción, y no encontraron solución al problema. 
La tercera noche fue terrorífica.  De los poblados más próximos fueron llegando más jaurías  y se unían a la de la ciudad. Las presas comenzaban a escasear y los perros tenían cada vez más rabia y más hambre. El canibalismo fue la primera opción. Comenzaron a roer los cuerpos de los animales muertos. 
Durante el día, las personas se reunían a intentar solucionar el problema. Lo hacían sin miedo, porque las bestias desaparecían rotundamente y se podía hacer una vida relativamente normal hasta que el sol comenzaba a esconderse y la ciudad a desertarse y los primeros aullidos indicaban que pronto la masacre volvería a ser la protagonista. 
Los cuerpos de los perros, algunos ya estaban nauseabundos por la descomposición comenzaron a escasear. Los animales se disgregaban en pequeños grupos de caza y salían a rastrear ya fuera del territorio donde solían moverse. Se metían en los patios y frentes de las casas de familia y ya ni las luces de las farolas les molestaba. El olor a putrefacción se mezclaba con el de la rabia y la espuma que salía de sus bocas y dejaba una sensación de muerte por donde pasaban. Las ventanas funcionaban como pantallas de cine, donde las personas miraban la actuación instintiva de los animales sueltos que comenzaron a rasguñar las puertas de las casas hambrientos de carne. La violencia con la que se azotaban contra las puertas atemorizó aún más a los ciudadanos, y peor fue el terror cuando las bestias empezaron a arrojarse contra las ventanas, logrando ingresar a las casas de algunas familias y destruir todo a su paso en busca de comida. Algunos se defendían con palos, con armas de fuego, con cuchillos, con lo que tenían a mano.
La defensa más eficaz fue la de un grupo de estudiantes que comenzaron a leerles cuentos de Poe. 
Los perros salieron despavoridos y angustiados. Aún más se incrementó esto cuando salieron a leer a los gritos por las calles la novela de Sartre: los animales tuvieron problemas existenciales y en su mayoría, cometieron suicidio. Lo mismo pasó cuando las lecturas fueron Sábato y Nieztche. 
A las horas, algunos caninos se habían matado a si mismos. Otros, renunciaron a su hambre imparable y cayeron en un profundo sueño, los menos, se quedaron inmóviles como estatuas y luego cayeron dormidos también. 


Comentarios

Entradas populares de este blog

Sensación

Marzo.

urgencia I