Mariana.


Recuerdo a Mariana como si viera su imagen a diario, y la verdad es que, con suerte (y mucha), sólo la vi una vez en la vida, cuando pasé por su ciudad de prisa, pero la recuerdo muy bien: piel lozana, muy blanca y tersa como de fina porcelana; un par de ojos verdes jade, grandes, brillantes, vibrantes, quizá los más hermosos e inolvidables, coronados de gruesas y negras pestañas; su cabello color café y la delicadeza de sus labios, ese conjunto único de cualidades la hacía semejante a una muñeca, a un ángel sin alas o quizá a un demonio sin cola...
Su belleza excedía el límite de lo natural y nadie que la hubiera visto podría negar jamás que aunque sea una vez, un destello de sus ojos los dejó fascinados, un reflejo de su sonrisa lo dejó estaqueado en el camino, en una especie de encanto o enamoramiento fugaz.
Nada podía ser negado a Mariana. Ella no necesitaba hablar o pedir las cosas, su presencia bastaba para que lo imposible se hiciera posible.
Cada curva de los rulos de su larga melena brillaba al sol y reflejaba fascinantes matices lumínicos, cada diente de su boca era como una perla. Su belleza era incomparable.
Sus dieciocho años y su figura femenina de reloj de arena que el tiempo fue formando eran la demostración final de la generosidad abundante de la madre naturaleza para con ella.
Cuando Mariana pasaba el mundo se detenía a admirar su encanto. Su perfume, el aroma de su piel, impregnaba el lugar y un halo de luz tenue irradiaba todo como en un sueño, y el tiempo se hacía eterno.
Mariana caminaba graciosamente, desinteresadamente, ignorando su belleza obnubilante y lo que ella provocaba en el universo. Se movía con soltura, con delicadeza. Sus blanquísimas y pequeñas manos acariciaban sus rizos para peinarlos y en ese momento morían todas las flores, las mariposas y las libélulas de envidia, se ahogaban los muchachos en suspiros y los viejos en saliva, se suicidaban los espejos de la emoción, se desangraban las señoras de rabia y las más jóvenes de absoluta ira.
Muy pronto, en la ciudad de Mariana no vivía más que ella, inconsciente de su belleza y de la razón de su soledad.

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