La soledad me amenaza con su peor arma: la urgencia de lo inaccesible. Mientras tanto, cada día es un carnaval. Tengo una máscara que oculta mi verdadero rostro, puedo ser quien quiera, menos yo. Aprovecho para ser brutal. A veces siento pena, e imagino que puedo amarme de verdad. Pero de nuevo todo se apaga. Y, al amanecer, vuelve a empezar.
Sensación
Otra vez la sensación de no estar viviendo la vida que debo. De estar en el lugar equivocado. Otra vez en la boca del estómago, la náusea. La incomodidad. El hastío. La pesadez que se hunde como si adentro tuviera un abismo infinito. Un hueco oscuro y frío. Me acuerdo de que la muerte existe y me busca, que estoy ocultándome de su mano gélida pero no sé cuánto más este viejo disfraz aguante sin desvanecerse como polvo. Todos los minutos llevan la marca de sus dedos. Todas las horas, su aliento.
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