La soledad me amenaza con su peor arma: la urgencia de lo inaccesible. Mientras tanto, cada día es un carnaval. Tengo una máscara que oculta mi verdadero rostro, puedo ser quien quiera, menos yo. Aprovecho para ser brutal. A veces siento pena, e imagino que puedo amarme de verdad. Pero de nuevo todo se apaga. Y, al amanecer, vuelve a empezar.

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