Es de nuevo ella. Me busca, me encuentra y le gusta quedarse conmigo. No puedo evitarla. No sé decirle que se vaya. Me abraza, me aprieta, me sofoca un poco, a veces, me asfixia. Yo no la invito, pero se mete en casa. Me acompaña a todos lados, vestida de colores, con frases hechas, dándole la mano a todos. Y crece. Crece a ritmo acelerado. Está cada vez más grande. Quiere hacer todo conmigo. Al trabajar, sigue ahí pero escucha sentada. Ahora quiere apoderarse de mis clases. Quiere ir al salón. Al estar en casa, quiere sentarse sobre mi regazo acurrucada como un gato. Un gato arisco que no se deja tocar. Un gato malo. Es cada vez más pesada, más negra, más mala. Muy pronto querrá tomar mi lugar, lo sé, lo presiento, es su objetivo. Muy pronto se sentará sobre mi cadaver.
Sensación
Otra vez la sensación de no estar viviendo la vida que debo. De estar en el lugar equivocado. Otra vez en la boca del estómago, la náusea. La incomodidad. El hastío. La pesadez que se hunde como si adentro tuviera un abismo infinito. Un hueco oscuro y frío. Me acuerdo de que la muerte existe y me busca, que estoy ocultándome de su mano gélida pero no sé cuánto más este viejo disfraz aguante sin desvanecerse como polvo. Todos los minutos llevan la marca de sus dedos. Todas las horas, su aliento.
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