Travesía de los celos



Circulando por las callejas me pongo a pensar en que la ciudad conspira contra un cúmulo de sentimientos de celosía que se revuelven dentro del estómago. Mirando los pasajes, las calles desconocidas, los barrios cuya existencia ignoro. Desploma dentro y desarma todo en una mirada vidriosa, un hálito de indiferencia, una respuesta cortante, una agitación del corazón.


Resuelvo entonces, con todas mis emociones a flor de piel, darle el brazo a torcer a la que más me pelea: la desconfianza.


Veo en cada zaguán una oportunidad perfecta, en cada muchacho de ojos tristes otro yo, donde podrías, con tu mortal ráfaga de mujer independiente, arrasar con sus labios, sus ropas, sus miedos, como hiciste conmigo.


El sentimiento se me mezcla con la sangre, con el aire, lo expiro, lo inhalo. Una nube negra me envuelve y me hunde lentamente en la vereda mientras transito, a tal punto que comenzó a ceder, y ya es difícil avanzar. Se abrió una zanja, como un canal a mi paso, no una estela de luces como dejan tus huellas, huellas que sigo ahora mientras voy luchando contra el piso que me da a las rodillas y le hago fuerza con mi torso. Y ya estoy llegando. Tu aroma se detuvo y yo estoy tan cerca que tengo que levantar mis manos para que me veas desde este pozo que tiene ya mi altura. Entonces no logro salir, mis brazos no tienen fuerza y estoy tan sucio que no me reconocerías ni a diez centímetros. Miro hacia arriba y ahí estás, sola y perseguida, víctima de mi locura, y me extendés la mano para ayudarme y se me ocurre que no sabés que soy yo, y me da rabia que ayudes a cualquiera, que como soy yo podría ser otro... y decís mi nombre, y descubro que era yo, pero te escucho tan lejos, desde el fondo de este pozo que yo mismo vine haciendo.

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