La niña y el viejo de la bufanda
- Una cadena que ata fuerte es esperar algo de otra persona, pero una que ata aún más fuerte es intentar que todo lo que haces o dices agrade a los demás. Cuando logres soltar esas amarras, empezarás a entender la libertad.
El viejo decía eso sentado en el inmortal banco de la plaza. La niña no se movió de su lugar. Lo miraba fijo desde la hamaca.
El viejo se acomodó la bufanda que le llegaba a los pies.
La tarde se moría despacito. A las seis de la tarde, el sol empezaba a despedirse, la niña se levantó de su hamaca. Saludó al viejo con un beso en la mejilla y sin decir una palabra se fue a su casa.
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